Antes las cosas duraban y también duraban las historias que vivíamos con ellas. Hoy todo se reemplaza rápido y casi sin pensarlo. Algo se rompió en el camino y no fue solo un objeto.
El valor de las cosas hoy se mide por el precio, la utilidad inmediata y qué tan fácil se puede cambiar. La durabilidad y el vínculo emocional quedaron en segundo plano.
El valor de las cosas y su duración
Vivimos rodeados de objetos diseñados para durar poco. La ropa, los electrodomésticos y hasta los carros se hacen para ser reemplazados, no reparados. Arreglar ya no vale la pena. Cambiar sale más barato.
Antes los objetos acompañaban etapas completas de la vida. Hoy duran lo mismo que una tendencia.
- Se fabrican para fallar
- Se descartan rápido
- Se reemplazan sin apego
Menos objetos, más funciones, menos vínculo
Hoy un solo celular hace lo que antes hacían muchos objetos. Eso parece práctico, pero tiene un costo invisible. Los objetos ahora cumplen muchas funciones, pero duran poco y se olvidan rápido.
Antes el equipo de sonido se mostraba con orgullo. El televisor reunía a la familia. El carro nos llevaba siempre al mismo paseo. Hoy todo cabe en la mano y casi nada se queda en la memoria.
Cuando lo reemplazable también somos nosotros
Al perder valor los objetos, también se debilita el vínculo emocional con ellos. Y sin darnos cuenta, esa lógica se traslada a las personas. Si todo es reemplazable, las conexiones también lo son.
Menos encuentros físicos. Más pantallas. Menos rituales compartidos. Más individualismo. Nos vamos desconectando de las emociones del otro, como si también fueran descartables.
El problema no es la tecnología. Es olvidar que lo valioso no siempre es lo más rápido ni lo más nuevo. A veces es lo que dura y lo que se cuida.
Ahora dime tú
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